No pondré nombre a este deseo, ni ofreceré lo que escribo
dejaré a salvo toda la piel que entregue
perdiendo el pudor de los silencios que no me pertenecen,
mirándolo como la duna mira a la ráfaga del viento.
Por la mañana seguiré amando el frío, la sombra del árbol,
la azotea donde pongo a secar los recuerdos negros
despertaré entre nuevas sábanas con el corazón lleno de pétalos nuevos
ávida del sol que devore mi sonrisa y que la mar me rice el pelo.
Leeré futuros en las grietas del plato, en las ondas del agua
y reiremos porque no sabemos nada que no sea este momento
abrazados al calor de esta bestia, rejuvenecerá el tiempo
y bajo los párpados del corazón nos nacerá un hijo,
que tendrá el nombre de este deseo.
Constanza Everdeen.