Se acerca el otoño para acariciar con sus cálidos
el dolor manso de una bestia,
para compartir la lluvia con los fantasmas y las hojas secas
y silbarle al viento el peso de lo invisible.
Llega soñando otra frontera en sus noches quietas
mientras abraza las sombras del mundo
y todas las olas se rompen en sus ojos
en el norte de su mirada cansada.
Esta tarde de cualquier día es un pueblo vacío,
con calles desbordadas de memorias y ocurrencias
y una fuente con el pecho de piedra
sosteniendo la huella del tiempo.
Un equinoccio donde caminar la certeza y el rumbo
donde cicatrizar todas sus incógnitas
haciendo un espacio nuevo en las manos
para recoger nuevas promesas.
Constanza Everdeen.